Pertenezco a una Señora temida y respetada

Princesa en cada universo sumiso se materializa de una forma, en de j. así:

Pertenezco a una Señora temida y respetada, que allá donde va despierta admiración, la Princesa Atenea. No es preciso que haga mucho, realmente. Es una Señora discreta, que sabe conseguir todo aquello que quiere, pero que siempre mantiene una perfecta elegancia y una perfecta compostura. Pero los hombres que la contemplan, aunque no sepan quién es ella, lo cual va siendo cada vez más raro por estas tierras, sienten enseguida un ansia casi irremediable de arrodillarse a sus pies, y de ofrecerse en propiedad, para que ella disfrute de ellos como quiera, en sus traviesos juegos, o los utilice en cualquier cosa que le sea de provecho. Mi Señora vino un día de lejanas tierras, nadie sabe muy bien de dónde, acompañada de un largo cortejo de donceles montados en caballos negros, cubierta por una capa cuya caperuza sólo dejaba asomar sus labios rojos. Pero la visión de sus labios, de esos labios que bien permanecían hieráticos, bien trazaban una sonrisa burlona, ya hizo incluso a los más prudentes del lugar perder todo asomo de cordura.

Mi Señora vino a ocupar el castillo que se esconde tras los bosques. Hace muchos años vivía allí una noble familia local, pero eventos desafortunados, de los que incluso los menos supersticiosos prefieren no hablar, llevó a que el castillo quedara desierto. Una historia de sangre, de violencia, en la que se habían cruzado umbrales que nadie debiera penetrar jamás, y en la que las más sagradas relaciones humanas habían sido profanadas. La mayoría de los miembros de la familia habían sido muertos, otros habían sido declarados locos, otros huidos como prófugos, prefiriendo abandonar toda propiedad que regresar a aquellas salas. Y, un día de Noviembre, en la época del año en que las sombras empiezan a vencer a la luz y en que, como es costumbre en estas tierras, nadie permanece fuera de su hogar una vez el sol empieza a ocultarse, mi Señora llegó, sin que nadie lo sospechara. Y ocupó su lugar allí, en aquellas salas, sin que nadie osara discutirle su derecho. Y, desde entonces, nadie penetra en los bosques detrás de los cuales se oculta el castillo. Ya los amantes no se besan nunca a la sombra de los árboles, y el pastor prefiere dar por perdida una oveja que en los bosques se ha adentrado antes que buscarla entre sus penumbras.

Y, sin embargo, aquí encontré yo mi destino. No sé por qué, un día la Señora mandó llamarme. Y por aquí todos saben que uno no debe nunca resistir los mandatos de la Señora. De modo que acudí tembloroso a aquel lugar del que con tanto temor se hablaba, y la Señora me recibió desde su alto trono, rodeada de pajes contrahechos y deformes, entre los que su hermosura era todavía más llamativa. Al llegar, me arrodillé ante ella.

-Te he estado observando y me pareces entretenido.

-Gracias, Señora -respondí yo, aunque nunca se me había pasado por la cabeza que yo pudiera ser, precisamente, entretenido.

-He pensado que, desde este momento, serás mi sirviente personal. Sé que es un verdadero privilegio, pero estas tierras me aburren. Yo vengo de un lugar donde no me faltaban diversiones que aquí no tengo.

-Es verdaderamente un honor -contesté yo, sin poder evitar un ligero temblor.

-¿Tienes miedo, acaso? La gente del pueblo cuenta muchas cosas sobre mí, ya lo sé. Son unos ignorantes.

-No, Señora, no tengo ningún miedo.

-Bueno -contestó mi Señora riendo- quizás sí deberías tener alguno, me disgustaría que olvidaras que, sin necesitar en absoluto de mi séquito, no me costaría nada hacerte atravesar torturas mentales o físicas que no eres capaz de imaginar.

-No, Señora, por supuesto que no.

-Pero, si me sirves bien, tú también gozarás de parte de mi placer. Aunque no te confundas, el placer que importa aquí es el mío. Pero serás feliz haciéndome feliz, y teniéndome cerca, y pudiendo contemplarme como no me pueden contemplar más que unos pocos. Vivirás en el castillo, conmigo, y no tendrás que preocuparte de otra cosa que de mi placer y de mi felicidad.

-Sí, Señora.

-Bien, mis pajes te indicarán dónde te alojarás a partir de ahora. Esta noche te espero, en otra sala. Es tu oportunidad para vivir una vida llena de estímulos que al lado de los cuales las emociones que has vivido hasta ahora te parecerán no tener sustancia alguna, o para ser arrojado de una patada por la ventana más alta del castillo.

Me condujeron a una habitación que, aunque sobria en relación al resto del castillo, era de un lujo que yo nunca me hubiera atrevido a soñar para mí, con toda seguridad allí había más lujo incluso que en la casa del alcalde, que tenía fama de ser la mejor casa del pueblo. Me dormí en una cama mullida, respaldado sobre cojines que reposaban, a su vez, sobre un almohadón, y tuve sueños extraños. Yo era una mosca y quedaba atrapado en una tela de araña, y me resultaba imposible escapar. Yo era un ratoncito y una gatita juguetona se divertía jugando conmigo, antes de devorarme. Una vampiresa en todo parecida a mi Señora me mordía en el cuello y me convertía en uno de sus acólitos.

Me desperté con la cabeza embotada y poco después vino a buscarme un paje enano, que me dijo como advertencia:

-A la Señora no le gusta que sus discípulos vayan con demasiada ropa. Con unos calzones tendrás bastante. Y los pies deben ir también desnudos cuando marches a encontrarte con ella.

Atravesamos corredores y escaleras que parecían no tener fin, y me enseñó, cuando creía que había recorrido varias veces el laberíntico castillo, una puerta, y me dijo:

-Entra por esa puerta, la Señora te está esperando en la habitación.

Entré, y me encontré con una habitación mucho más privada que la habitación del trono. Había allí una mesa ricamente dispuesta, a la que ya estaba sentada la Señora, y más allá una chimenea, frente a la cual había una amplia y cómoda butaca. La habitación estaba iluminada por candelabros, pero la Señora del castillo no parecía tener demasiado gusto por los ambientes demasiado luminosos, o más bien parecía disfrutar de lo misterioso que parecía su rostro cuando era iluminado sólo en parte, en la parte que correspondía a sus labios, gracias a un habilidoso juego de luces, mientras sus ojos brillaban en la oscuridad.

-¿Has podido descansar? Espero que sí, porque esta noche has de dedicar todo tu esfuerzo en complacerme sin falta. Ahora nos aguarda una buena cena, y espero que tengas buenos modales, pues voy a estar contemplándote sin perder un momento.

La Señora no incumplió su promesa, y en todo momento sus ojos, desde la relativa oscuridad en que se hallaban, me miraban fijamente, y me hacía muchas preguntas, en muchas de las cuales, sin que dejaran de ser preguntas que mi Señora podía defender como de intención inocente, latía algún doble sentido, o alguna doble intención, que yo no acertaba a comprender, y que sólo alguna sonrisa dibujada en sus labios, o algún momento, en que sus ojos brillaban todavía más, como los de una fiera en lo más denso de la selva, me hacían ver que allí se hallaba, detrás de su perfecta amabilidad y cortesía de gran dama. A medida que iba entrando la noche, yo me iba sintiendo más y más nervioso. No sé si era el efecto del vino, o era la sensual sugestión que los labios y la mirada de mi Señora con sabio disimulo me ofrecían. Y mi Señora parecía divertirse con mi nerviosismo, puesto que, no sólo yo era sólo un rústico campesino, no acostumbrado a mesas como la suya, sino que los nervios crecientes me hacían más y más difícil comportarme como yo suponía que mi Señora esperaba de mí.

Por fin, cuando yo no sé si seguía siendo dueño de mí mismo, o si sus labios y sus ojos ya me dominaban completamente, mi Señora me dijo:

-Muy bien, querido, muy bien. Estoy muy contenta con tu comportamiento. Ahora pasaremos a la butaca donde te permitiré acurrucarte bajo mis pies, como un perrito leal a su Ama, mientras me adoras. Pero mientras debemos realizar algunos pasos previos. Ven a mí.

Fui a ella y vi, no me había dado cuenta en toda la cena, que había al lado de mi Señora un collar, que mi Señora me puso, sin que yo lograra saber si debía estar sorprendido, o mostrar mi sorpresa de alguna manera.

-Muy bien, querido, ahora quiero que absorbas mis senos, como si yo fuera una madre protectora y nutricia, y te tuvieras que alimentar de lo que de mí manara.

Y así hice, y mientras lo hacía comprobé como, de sus senos, no manaba leche, sino sangre, y mientras lo comprobaba, ella me mordía el cuello, y sentí dolor y placer, y angustia, y también el encontrarme en el lugar en el que siempre había debido estar.

-No te preocupes, querido. Nada debe preocuparte. Ahora eres mío, mío absolutamente, y mientras seas mío yo sabré recompensarte y tendrás poderes y placeres que nadie de esta comarca, noble o plebeyo, podría nunca tener, y podrás recorrer los caminos y los bosques sin temer nada, pues yo te protejo, y todos sabrán que, cuando les hables, serán como si yo hablara a través de tus labios. Y encontraras en mi dulzura, si eres un buen servidor, o dureza, si considero que necesitas ser castigado, o que debo recordarte que tu camino es el de servirme y aprender de mí. Sólo recuerda que es a mi placer y a mi capricho a lo que te debes. Ahora eres mi discípulo, mi estudiante, mi alumno aplicado, tu aspiración debe ser parecerte a mí y ser lo más digno posible de mí.

-Sí, Señora -le respondí.

Y, desde entonces, Ella es mi refugio, y en Ella hallo consuelo, y le pertenezco completamente.

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